Murder

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Murder  es la tragedia de una muñeca condenada desde su inicio a ser la víctima; rota, destrozada, hecha pedazos y finalmente abandonada en cualquier paisaje. Es también la historia del suicidio de una humanidad que en su larguísima historia ha entendido al poder de una parte sobre la otra, como la simple realidad de la naturaleza. Es la noticia diaria en las pantallas de los televisores o en las portadas de los periódicos. Es la compasión soterrada por aquellos que sufren más, lo que nos hace menos dolientes de lo nuestro. Es un grito airado y una legítima desconfianza. No hay senderos seguros, ni luces salvadoras; ninguna oración sirve sino el “no” al que debieran aspirar todos los que no están dispuestos a conllevarlo, pensando que el progreso va a favor de las víctimas. Es la larguísima cuenta de la injusticia más terrible: el secuestro de la confianza de quien nos acompaña. Es una historia de cada uno que duele como una herida a todos. Es un crimen.

Una mirada apenas

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Las miradas resbalan con indeterminación por el tiempo indeterminado. Una, una, uno, unos… Todo lo que es indeterminado parece difuminado, perdida la memoria, mirando sin la resolución de ver, apenas un decorado, la sombra del entorno, lo que no vemos de tanto verlo, lo que por estar no es.

Durante la mudanza, recogiendo todo el contenido del chalé que cambia de manos, se cae en la cuenta, cosas de la conciencia con toda probabilidad, que es el paisaje alrededor, la inmovilidad de lo que está sin ser más que lo que está entre tantas otras cosas que están, lo que no puede meterse en una caja de cartón o en una maleta; en una fotografía si, pero ¿cómo tomarlo? ¿Cómo tomar esa mirada perdida, inconsecuente, relativizada, el ver sin ver que es en realidad lo que se hace durante la mayor parte de la vida? Dotar a las cosas que no son de presencia supone un gran esfuerzo.