Los doce césares

Julio César

Asfalto bajo los pies;, tarde gris y brumosa; fría; ligera llovizna a rachas; la noche que se viene encima cruzando el puente de la caída de la tarde. Es la hora baja , la “s’horabaixa” mallorquina, palabra compuesta de miles de nostalgias. Pero el paisaje es otro: la Forestal es la carretera que entre pinares espesos va desde San Rafael a El Espinar siguiendo la ladera de Aguas Vertientes, en la vertiente este de la Sierra de Malagón. La nieve ha destrozado el viejo asfalto que no tiene edad porque no tiene memoria. En el acceso a la altura de Arroyo Mayor, a la derecha según se coge la principal, justo delante del puente de madera bajo el que el agua torrencial del invierno abandona en estío el cauce y queda la presencia del canto seco del verano, una calle se adentra en una urbanización de pequeñas casas de veraneantes, aunque tres o cuatro están habitadas permanentemente. A sus contenedores de basura acuden en las noches heladas de invierno los zorros, jabalíes y corzos; se les puede ver desde las ventanas con paciencia, oscuridad e inmovilidad. Volviendo al inicio de esa calle, alguien determinó situar un paso cebra, en algún momento de la historia del lugar, y allí está envejecido con poca persistencia y menos gallardía. El caminante que siempre busca una fotografía más que justifique su pasión inexplicable de fotografiar compulsivamente, se fija en las deterioradas líneas horizontales que fueron blancas y después de mucho pasar por allí, de cruzar por sobre la pintura violentada, reparará esa tarde concreta de invierno frío y de llovizna, en que los extremos de la línea, en su deterioro, han formado un conjunto de aspiración abstracta que le encandilan. Y los fotografía. Solamente pasado el tiempo, asomado a la pantalla del ordenador y frente a las imágenes de esa ruina de pintura y asfalto, le vendrá a la mente y no sabe ahora porqué sucedió así, el libro de Suetonio “Los doce cesares”, y pondrá a cada fotografía un nombre y lo que fue abstracto en un principio se convertirá en una galería de retratos del horror según cuenta el autor. Fue así, como suceden las casualidades, que las construye el tiempo.

Ellos son por orden cronológico: Cayo Julio César, Octavio Augusto, Tiberio Nerón, Cayo Caligula, Tiberio Claudio Fruso, Nerón Claudio, Servio Sulpicio Galba, Marco Salvio Otón, A Vitelio, Tito Flavio Vespasiano, Tito Flavio Y Tito Flavio Dominicano.

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El plá pais

img-21Clica en la fotografía para ver la serie completa (16 fotografías)

En los 70 Brel cantaba una balada llamada “Le plat pays”. Era un hermoso canto de amor a una tierra suya, descrita con suaves palabras que sonaban a murmullo excusatorio por tanto afecto, música de cadencias humildes silenciosas es todavía. Tuve siempre por cierto que la música verdadera es silenciosa, sin que me importe cuan sonora sea la sinfonía o sutil la balada. La fotografía también es silenciosa, y mucho. Yo aspiro a que la mía lo sea.

En la desembocadura del Ebro, río potente de pulsión auricular, silencioso también, se extiende una tierra mínima, fruto del aluvión de aquel, construida capa a capa por la corriente fluvial, trabajada centímetro a centímetro por por el duro trabajo, extendida como una balsa amarrada a un litoral limitado por montañas: es “El Delta del Ebro”. Estando en ella y fotografiando en silencio su silencio, me vino a la cabeza la canción de  Brel y recordé su música que musité mientras recorría durante horas los caminos polvorientos, los arrozales anegados, los campos en barbecho y centrados todos mis sentidos sobre la vista inacabable de este “pla país” que sin serlo, sólo por habitarlo con mi cámara a cuestas, es el mío también.

Una estrofa de Brel explica mejor lo que no acierto a decir de aquellas horas.

Avec un ciel si bas qu’un canal s’est perdu
Avec un ciel si bas qu’il fait l’humilité
Avec un ciel si gris qu’un canal s’est pendu
Avec un ciel si gris qu’il faut lui pardonner
Avec le vent du nord qui vient s’écarteler
Avec le vent du nord écoutez-le craquer
Le plat pays qui est le mien