Murder

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Murder  es la tragedia de una muñeca condenada desde su inicio a ser la víctima; rota, destrozada, hecha pedazos y finalmente abandonada en cualquier paisaje. Es también la historia del suicidio de una humanidad que en su larguísima historia ha entendido al poder de una parte sobre la otra, como la simple realidad de la naturaleza. Es la noticia diaria en las pantallas de los televisores o en las portadas de los periódicos. Es la compasión soterrada por aquellos que sufren más, lo que nos hace menos dolientes de lo nuestro. Es un grito airado y una legítima desconfianza. No hay senderos seguros, ni luces salvadoras; ninguna oración sirve sino el “no” al que debieran aspirar todos los que no están dispuestos a conllevarlo, pensando que el progreso va a favor de las víctimas. Es la larguísima cuenta de la injusticia más terrible: el secuestro de la confianza de quien nos acompaña. Es una historia de cada uno que duele como una herida a todos. Es un crimen.

Una mirada apenas

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Las miradas resbalan con indeterminación por el tiempo indeterminado. Una, una, uno, unos… Todo lo que es indeterminado parece difuminado, perdida la memoria, mirando sin la resolución de ver, apenas un decorado, la sombra del entorno, lo que no vemos de tanto verlo, lo que por estar no es.

Durante la mudanza, recogiendo todo el contenido del chalé que cambia de manos, se cae en la cuenta, cosas de la conciencia con toda probabilidad, que es el paisaje alrededor, la inmovilidad de lo que está sin ser más que lo que está entre tantas otras cosas que están, lo que no puede meterse en una caja de cartón o en una maleta; en una fotografía si, pero ¿cómo tomarlo? ¿Cómo tomar esa mirada perdida, inconsecuente, relativizada, el ver sin ver que es en realidad lo que se hace durante la mayor parte de la vida? Dotar a las cosas que no son de presencia supone un gran esfuerzo.

Desayuno con melancolía

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Desde la ventana, una mirada apenas.

En una conversación de desayuno, frente al mar, negada la visión de Tabarca por una niebla baja que recorre el horizonte ajena, a la luz del sol que llena todo, dejo caer sobre el café con leche, junto al edulcorante, el convencimiento de que a estas alturas de la vida, a uno le invaden la melancolía y el escepticismo. “La nostalgia no?”, me pregunta ella. No, rotundamente no. La nostalgia es un virus y mejor permanecer alejado de él. Nostalgiar es negar. Nostalgiar es añorar. Nostalgia es un vacío que por muy dulce que parezca, anonada.

“¿Entonces melancolía?”  Claro que si, cuando todo se desdibuja y la memoria empieza a hacer trampas, a tomarse su tiempo, a funcionar a su ritmo con la desvergüenza de la independencia, la melancolía es una dulce postración en lo etéreo; tristeza vaga y profunda, dice el diccionario que es. Años atrás era la bilis negra, una profunda actitud enrabietada, una manera de ser insoportable para los otros. Hoy se la tiene por otra cosa, mejor sin duda.

“¿Y eso?”, me pregunta ella. Escepticismo, sigo yo es, porque nada y casi nadie parecen cosas dignas de ser tomadas en serio y por lo tanto resulta muy cuesta arriba practicar el difícil arte de la credulidad. Basta, le digo, con ojear los titulares de la prensa cada mañana. “¿Es eso lo que te pasa hoy?” Si, le contesto, pienso que hoy y el resto de mi vida, pero ella piensa que es por que tal vez me haya despertado con el humor cambiado

Tomo un sorbo de café con leche. La miro a ella, y al mar después, y pienso que hay pocas cosas que merezcan ser tomadas en serio. Solo las certidumbres que permanecen; unas cuantas, ya quedan pocas.

El Oficio de mirar

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Hablo a menudo, o escribo, acerca del oficio de mirar, cosa que no se bien que es, pero que intuyo. Me gusta pensar que todas estas cosas que me influyen, proceden de un oficio, el de ser; son sus derivadas. Ser hablando, ser mirando, ser siendo. Cualquiera se haría un enorme lío con esto, pero me resulta confortable liarme a mirar para acabar sin ver. Eso es también escribir. Sobre todo fotografiar.

Tantas veces he entrado en el bosque para fotografiarlo y tantas he salido sabiendo que no había conseguido lo que aspiraba. He tardado años en entender que no se puede fotografiar el bosque. Nada se puede fotografiar en su absoluta esencialidad, una fotografía no puede contener un “todo”, y por lo demás, ¿que es eso de lo esencial cuando hablamos del bosque que caminamos día tras día en busca de una fotografía definitiva.?

Este oficio de mirar termina con la única imagen del bosque que es resolutiva porque aspira, sabiendo que no es. El último bosque que se fotografía entre desenfoques y luces vagas, se desentiende de la pupila, ignora al objetivo, amanece entre luces y neblinas y sugiere un encuentro en un país del nunca jamás.

Auschwitz

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Nací en 1944, con los campos de exterminio a pleno rendimiento. Crecí con el conocimiento de esa realidad, porque mi padre era muy sensible a la atrocidad de la guerra mundial y había guardado recortes de prensa y posteriormente literatura y documentación.  Con diez años ya conocía lo que había sido el Holocausto. La imagen de la muerte atroz no me era ajena y me ha acompañado siempre. A través de los medios de comunicación, especialmente de Life y de Paris Match, en aquella España de mi niñez, la de los 50, yo tenía acceso libre a la visión del mundo. La muerte atroz de millones de seres humanos en centenares o miles de guerras es la marca de identidad del siglo XX.

Teodor W. Adorno dijo que después de Auschwitz no se podría escribir poesía; se escribió, y mucha. No puede o no debe el horror, abortar la expresión poética. En unas declaraciones finalizada la contienda, Heidegger dijo que Austwitz había sido el punto final de la tecnología. En cierta manera tenía razón aunque no puede el horror, acabar con el desarrollo tecnológico. Ni debe. Auschwitz ha quedado como la ejemplarización del Holocausto, entendiendo a este como la aniquilación programada de diversos grupos nacionales, raciales, e intelectuales (lo que incluye a simples ciudadanos). Se convierte por derecho propio en el símbolo  ejemplar, la medida exacta del desarrollo organizativo y alcance técnico que se puso en marcha en la Conferencia de Wanssee.

“La agricultura es ahora una industria alimentaria motorizada, en cuanto a su esencia lo mismo que la fabricación de cadáveres en las cámaras de gas y los campos de exterminio, lo mismo que el bloqueo y la reducción de países al hambre, lo mismo que la fabricación de bombas de hidrógeno”.

La frase del filósofo es ejemplar en cuanto el pensamiento puede racionalizar el horror. La apoteosis de la técnica tiende a mostrarse como pensamiento puro de razón, como lo natural. Pero no es así, no hay razón que pueda explicar el holocausto inmenso del siglo XX . Nada es natural es un asesinato. En millones se trata del horror y tampoco es lo natural por mucho que abunde.

Para mi, en mi imaginario más íntimo, Auschwitz y por extensión el Holocausto tienen un icono propio: las traviesas del ferrocarril, los soportes envejecidos de madera abierta, cuarteada, astillada, que soportaron los railes por los que traqueteaban los miles de trenes que trasladaron a los campos de concentración a las víctimas.

Fue en 2004, cuando me trasladé a vivir al Bosque de Segovia, mientras trataba de ordenar un jardín entre pinos, castaños y robles, cuando me encontré con las traviesas viejas con las que jardinero se proponía parcelar un pedazo de terreno como huerto. Me vino a la imaginación que podría algún día acercarme con la cámara a esas traviesas para reflexionar sobre mi idea de Auschwitz y sobre mi propio imaginario.

En julio y agosto del 2016 vendimos la casa del bosque y nos trasladamos al mar. Aquí estamos ahora. Durante esos meses comprendí que había llegado el momento de ponerme a trabajar en aquella idea. Contaba para ello con el trabajo de mi amigo Samuel Nahon, que con traviesas de ferrocarril esculpiera durante varios años un canto a la vida. Hoy su obra permanece en su gran jardín, entre abetos, piceas, castaños, pinos rododendros, hortensias…

Surgió la idea de la contemplación de mis traviesas en mi jardín en pleno abandono. Esas expresiones asombradas y detenidas en el tiempo, esa mirada ante el absurdo, su perplejidad, que los orificios de la tornillería de sujeción de la traviesa a la línea brindan a la observación,  me habían de permitir fundir ferrocarril y víctima, silencio y traqueteo, mi propia historia desde la distancia del hecho. Ese sería el tema. Lehain.

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Oficio de mirar. II

1   -   atardece en BEl plano general que muestra una esquina de Barcelona se cierra. La cámara, los ojos, la apatía concentrada en mirar a través del cristal del balcón. La luz otoñal. Ya he hablado de ella. De tanto ver este recuadro de asfalto y plataneros se acaba amándolo. El zumbido de la vida llega amortiguado por el climalit doble que nos aísla de ella, la llamamos ruido. ¿Qué es una vida silenciosa? ¿Cual es el silencio de ella?  Fluye un tráfico de sábado por la tarde y la cámara se mantiene unida al ojo esperando que cruce la moto hasta el plano final. Ya hay bastante. Esto no es sino una secuencia. Alguien me preguntó si esa secuencia era de la vida de una esquina. No, desde luego que no. La secuencia es de la vida de quien está fotografiando. La película es otra, siempre es otra.

El Oficio de mirar – I

-1Oficio de mirar - ISi quieres ir a la galería, chica en la fotografía.

Hector, en la cocina, prepara una cena de bienvenida para mi y Ariadna trastea preparando la habitación de invitados; para cenar esperaremos a Marián y David con Rita; Lucía aún no habrá nacido. La tarde se prolonga más allá de la glorieta, la luz declina, han puesto música pero no se si es en este piso o en uno vecino. Todo es un tempo lento. Siempre, lo que se dice siempre porque no recuerdo cuando lo oí por primera vez, he amado El Trío del Archiduque, y en este momento más que nunca. También amo esta luz de Barcelona, atardece en otoño, vaya donde vaya sentiré nostalgia de ella, es como un baño de hermosa melancolía, mientras la niña corre tras las pompas de jabón. No puede ser, pienso al ver de nuevo estas fotografías, todo es tan intemporal, todo esto pasó ya y está pasando…